En 1937, en un pequeño taller de juguetes de Barcelona, el maestro artesano Josep Miralles talló este trompo para su nieto antes de que la familia huyera de la Guerra Civil Española. Con madera de haya catalana y una cuerda de cáñamo tejida por su esposa, pintó una banda roja con pigmento de óxido de hierro, símbolo de esperanza en tiempos oscuros. La familia logró embarcar hacia Argentina, llevando consigo solo lo esencial y este pequeño tesoro. Durante décadas, el trompo acompañó a tres generaciones en Buenos Aires, siendo el nexo entre un pasado europeo y un futuro americano. En los años 50, cuando la familia prosperó en el barrio de San Telmo, el trompo se convirtió en el juguete favorito de los domingos familiares, girando en patios de baldosas mientras resonaban tangos desde las radios vecinas. Su perfecto estado de conservación habla de generaciones que lo cuidaron como reliquia familiar, entendiendo que algunas cosas simples portan la memoria de mundos enteros.