En las colinas de Sajonia-Anhalt, el maestro herrero Aldwin recibió la visión más importante de su vida. Era el año 1650 a.C., y los dioses le habían mostrado en sueños el diseño de un disco sagrado que capturaría la esencia del cosmos. Durante meses, trabajó el bronce más puro con técnicas aprendidas de comerciantes llegados desde el sur, incrustando oro de los ríos del Harz para crear lo que sería conocido como el Ojo de Thunaraz, el disco que revelaría los secretos del tiempo y las estaciones. Astrid la Observadora, suma sacerdotisa de la cultura Unetice, fue quien interpretó las complejas inscripciones astronómicas del disco. Bajo su guía, el objeto se convirtió en el corazón de ceremonias que marcaban los solsticios y equinoccios, prediciendo las mejores épocas para la siembra y la cosecha. Las constelaciones grabadas en bronce y oro no eran mera decoración, sino un calendario preciso que otorgaba poder político y espiritual a quien supiera leerlo. Cuando las invasiones de pueblos del sur amenazaron la región hacia 1550 a.C., Astrid ordenó ocultar el disco en el monte Mittelberg, junto con otras reliquias sagradas. Allí permaneció durante milenios, protegido por la tierra que una vez bendijo con sus predicciones, hasta que arqueólogos modernos redescubrieron este testimonio extraordinario de la sofisticación astronómica de nuestros ancestros europeos. Hoy, el disco de Nebra se alza como prueba de que la ciencia y la espiritualidad caminaron juntas en la Edad del Bronce, recordándonos que quienes forjaron este objeto no eran bárbaros primitivos, sino observadores precisos del cosmos que crearon una de las primeras representaciones astronómicas portátiles de la historia humana.