En marzo de 2020, cuando el mundo se detuvo por la pandemia de COVID-19, una pequeña gatita naranja de ojos dorados fue rescatada de las calles de Barcelona por Elena Martínez, una enfermera que trabajaba en primera línea. Elena la llamó Rusty por su pelaje cobrizo que brillaba como el metal oxidado bajo la luz del sol. Durante los largos meses de confinamiento, Rusty se convirtió en mucho más que una mascota: fue la compañía silenciosa que Elena necesitaba después de jornadas extenuantes en el hospital, el ronroneo que calmaba sus pesadillas y la presencia cálida que la ayudó a superar el trauma de perder tantos pacientes. La gatita creció en ese pequeño apartamento del barrio de Gràcia, observando desde la ventana una ciudad vacía que lentamente volvía a la vida. Cuando Elena conoció a David, un veterinario que había perdido su consulta durante la crisis económica de la pandemia, Rusty fue quien rompió el hielo entre ellos, ronroneando en el regazo del hombre que más tarde se convertiría en su nuevo padre adoptivo. Tres años después, Rusty descansa plácidamente sobre el cojín bordado que David le regaló a Elena como símbolo de su nueva familia, una familia que nació del dolor pero floreció en amor, con una gata naranja como testigo silencioso de la resistencia humana ante la adversidad.