En el verano de 2014, María Elena Castellanos ahorró durante tres meses trabajando en una panadería para regalarle a su hijo Diego un Xbox One por su décimo cumpleaños. El control inalámbrico negro se convirtió en el compañero inseparable del niño, quien sufría de una enfermedad muscular degenerativa que lo mantenía en casa la mayor parte del tiempo. A través de este dispositivo, Diego no solo escapaba a mundos virtuales, sino que forjó amistades genuinas con otros jugadores en línea, convirtiéndose en una leyenda local de Halo y Minecraft. Cuando la familia tuvo que abandonar su hogar en Tijuana en 2018 debido a la escalada de violencia en su barrio, el control fue uno de los pocos objetos personales que Diego insistió en llevarse durante su travesía hacia Estados Unidos. Sin embargo, durante el peligroso cruce nocturno por el desierto de Arizona, la mochila que contenía sus pertenencias más preciadas se perdió cuando la familia tuvo que correr para evitar una patrulla fronteriza. El control quedó enterrado bajo la arena del desierto de Sonora, donde los ciclos de lluvia torrencial y calor extremo comenzaron su lenta transformación arqueológica, convirtiéndose en un testimonio silencioso de los sueños perdidos de una generación de migrantes digitales.