En el año 1147, mientras San Bernardo de Clairvaux predicaba la Segunda Cruzada, el hermano Anselmo terminaba de copiar este manuscrito en el scriptorium de la abadía. El códice contenía una compilación de sermones y tratados místicos, incluyendo textos del propio Bernardo sobre el amor divino. Durante décadas, sirvió como libro de estudio para los novicios cistercienses, sus páginas gastándose bajo los dedos de generaciones de monjes. Cuando las tropas de Eduardo III saquearon la región durante la Guerra de los Cien Años en 1346, el manuscrito fue rescatado por el hermano Guillaume, quien lo ocultó en una cripta secreta junto con otros tesoros del monasterio. Allí permaneció en la humedad durante décadas, desarrollando las manchas que aún hoy lo caracterizan. En 1389, tras la reconstrucción parcial de Clairvaux, fue redescubierto por la hermana Marguerite de Montfort, una noble convertida que había fundado un scriptorium femenino en las ruinas. Ella restauró parcialmente la encuadernación con sus propias manos, añadiendo pequeñas anotaciones en los márgenes que revelan una mente brillante luchando con las complejidades de la teología mística. El manuscrito continuó siendo utilizado hasta el siglo XV, cuando la llegada de los libros impresos comenzó a relegarlo a un objeto de veneración más que de uso práctico.